Pumita




Sos chico, va a haber mucha gente- repitió mamá cuando protesté porque no quería llevarme al velorio del abuelo.

Insistí hasta que me enteré dónde iba a pasar la noche.

-      Te quedás en la casa de Gabriela- había dicho mamá. 

Gabriela era la hija de Don Antonio, el capitalista del barrio. Papá decía que era como su hermano. Yo no lo soportaba. Gabriela era distinta. Linda, pecosa y buena. Siempre que mamá salía, ella venía a casa a cuidarme y se quedaba a dormir.    

Esa noche sería distinta. Era la primera vez que yo iba a dormir en su casa. Mamá me puso el buzo de El Llanero Solitario y una boina escocesa. En la mochila, metió el pijama y el cepillo de dientes. Odiaba lavarme los dientes y que mamá me eligiera la ropa. Pero no dije nada por el secreto que me había contado Gabriela la semana anterior.

No es que no le creyera que su papá tenía un puma escondido en el fondo de la casa. Nada más que siempre que estaba a punto de llevarme a su casa y mostrármelo, se arrepentía. Entre el velorio y el entierro del abuelo, íbamos a estar solos hasta el otro día. Era mi oportunidad. No podía desaprovecharla. 

Gabriela nos esperaba en la puerta de su casa. Mamá la abrazó y le agradeció por cuidarme. Antes de irse, mamá me dijo que no hiciera enojar a Gabriela, que seguro tenía que hacer cosas para su cumpleaños de 15, ni tampoco a su papá, que estaba hecho una fiera porque la fiesta le iba a costar mucha plata.

No me importaron la fiesta, la plata ni Don Antonio. Apenas entramos a su casa, le dije a Gabriela que me mostrase el puma.

-      Nadie puede verlo- contestó.

Le dije que era una mentirosa. Que yo no era ningún tonto. Y que no me acariciara la cabeza como a un bebé. Me llevó al living. Preguntó si prefería dibujar o mirar la televisión. No le contesté. Insistió. La desafié a jugar al vacigón.

-      No sé cómo se juega- dijo.

-      Es como la escoba del 15 pero cantada- contesté.

Gabriela agarró el mazo de cartas que su papá escondía en el mueble. Fuimos a la cocina. Nos sentamos frente a frente en la mesa redonda y repartí tres cartas para cada uno. Tiré otras cuatro sobre la mesa y le expliqué más o menos las reglas. Antes de arrancar la primera mano, aposté.

-      Si ganás te cuento quién es la chica del barrio que me gusta- le dije.

-      ¿Y si pierdo?- preguntó Gabriela.

-      Me mostrás el puma–contesté.      

Gabriela dudó. 

-      ¿Tenés miedo de perder con un chico de 9 años? – pregunté.

En eso, Gabriela era parecida a su papá. No le gustaba perder a nada. Sin saber siquiera las reglas, Gabriela se animó. Hasta se entusiasmó en las primeras manos, cuando iba a arriba en el puntaje.

Yo era chico para jugar con ella. Era llorón y malcriado. Pero pasaba todas las tardes en el bar de papá y si algo había aprendido, era a jugar a las cartas. A mentir y a esperar. Así que esperé un par de manos y empecé a sumar puntos yo también. Gabriela se enojó. Hasta la revancha le gané. Entonces tuvo que cumplir la apuesta.

-      Esperá sentado- dijo.

Caminó hasta el lavadero. Gritó que cerrase los ojos. Ya no pude verla ni dejar de mover las piernas. Escuché que venía hacia mí y tuve ganas de hacer pis. Dijo que no hiciera trampa. Que estaba abriendo un poco los ojos. Nos reímos. Cuando la sentí cerca, pidió que estirase los brazos.   

Un peluche con dientes filosos, nariz fría. Orejas chicas. Imposible no mirar. Por más que se lo contase a todo el barrio, nadie lo iba a creer.

-      Es un pumita de verdad- dije.

-      Viste bobo. Es cachorro, parece un gato- contestó Gabriela.

En mi vida había tocado un gato. Mamá decía que eran traicioneros. El pumita no era traicionero. Sólo quería correr la pelota de tenis. Rasguñar mi buzo con sus patas. Que Gabriela le diese la mamadera. Pasé un rato largo acariciándolo. Empujándolo hacia atrás para que volviese corriendo hacia mí con esas patas grandotas. 

En la merienda, Gabriela me hizo prometer que no le iba contar a nadie.

-      Si papá se entera –dijo- se pudre todo.

Don Antonio siempre gritaba. En mi barrio, nadie le discutía. Por eso cuando escuchamos la frenada de su auto frente a la casa, Gabriela saltó de la silla, me arrancó al pumita de las manos y quedé solo en el sillón. 

Don Antonio entró al living. Tenía guantes de cuero, el cuello del sobretodo levantado y la bufanda le tapaba la cara hasta la nariz. No me saludó. Miró a su alrededor como si algo se le hubiera perdido. Se fijó en el piso. Creí que había descubierto huellas del pumita. Después revolvió los papeles sobre la mesa y tuve miedo que encontrase el anotador del vacigón.

-      ¿Dónde está la nena? – preguntó.

No abrí la boca. Levanté los hombros y abrí los brazos. Me miró raro.

-      Nena –gritó.

Gabriela volvió agitada.

-      Qué estabas haciendo- dijo Don Antonio.

-      Buscando un toallón para bañarme y vos- contestó ella.

Don Antonio se sacó los guantes y la bufanda. Se abrió el sobretodo y acomodó la camisa dentro del pantalón. Se puso los anteojos, volvió a revisar el piso. Gabriela se alejó de él. Caminó hasta la mesa y ordenó las cartas.       

-      Me olvidé la billetera. ¿No ibas a bañarte? – preguntó él.

Agarré una revista para hacer que leía. Si lo miraba, me mandaba en cana solito. Gabriela guardó el mazo de cartas en el mueble y después le contestó.

-      Si me estuviera bañando, no podría darte esto.

Gabriela movió la billetera con la mano. Don Anotnio sonrió.

-      Sos perfecta- dijo.

Después la besó en la cabeza, me dijo que no me hiciera el piola con su princesa y caminó hacia la puerta de calle poniéndose los guantes. Recién cuando escuchamos que cerraba con llave, volvimos a traer a el pumita al sillón del living. Los tres juntos vimos una película. A la noche Gabriela pidió una pizza y después de cenar preguntó si quería dormir en su pieza. 

-          En el piso, con el pumita- contesté. 

Gabriela puso el colchón al lado de su cama y me tapó con varias frazadas. Después de tomar la mamadera, el pumita se acostó a mi lado. Gabriela agarró mi mano para contarme de su fiesta de 15 y me quedé dormido. 

Al otro día, me despertaron los gritos. Me asusté. Busqué al pumita con las manos pero no lo encontré. Gabriela tampoco estaba en su cama. Me senté en el colchón y ví mi buzo de El Llanero Solitario colgado en el respaldo de la silla: le faltaba el puño de una manga.  

En el living, Gabriela le pedía por favor a su papá que no se lo llevase. A los gritos se lo pedía. 

-          Ajo y agua- dijo Don Antonio.

Gabriela juró y recontra juró que no iba a volver a pasar. Su papá no dijo más nada. Después escuché el portazo, el auto que arrancaba y a Gabriela que no paraba de llorar.

 


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