Guasón
Todos los jueves a la tarde se disputaba el premio de La Loma. El circuito lo había pintado el mecánico en la vereda de su taller para que jugásemos los pibes del barrio. A mí me aburrían los autos. A Pablo le encantaban. Siempre insistía en que lo acompañase. Yo no quería ir por su hermano.
-Al Negro no le gusta que vayamos-le
decía.
El Negro era un verdugo. Se hacía llamar
Batman. Buscaba problemas en la escuela y en la calle. Siempre andaba con
cuatro o cinco compañeros suyos de séptimo. La
banda de Batman escribían con aerosol en las paredes. Los vecinos se
quejaban. Pablo y yo estábamos bajo amenaza de paliza para que no contásemos el
secreto. Cuando las pibas de la escuela venían a ver las carreras, El Negro se
hacía el canchero. Me cargaba con que yo no tenía papá y a Pablo por la baba.
Decía que andábamos todo el día como novios.
-Putitos- decía.
A Pablo no le importaba lo que decía su
hermano. Tampoco que su mamá no lo esperase para cenar. O que jamás lo
defendiese de las burlas de El Negro. Sólo se preocupaba por los autos.
Preparaba el suyo con los pedazos de macilla que le sobraba al resto. También
el mío. Porque nunca supe cómo hacerlo.
Sólo me divertía cuando Pablo acomodaba la
macilla para darle peso al auto. Amontonaba saliva entre la encía y el labio
inferior hasta que el chorro caía. Aunque movía rápido la mano, nunca podía
detenerlo. Alí Baba y los 40 Babosos, así le decían en la escuela. En el barrio
era Guasón, por la boca grande.
Mi perra, con sólo olfatearlo, le abría la
puerta de casa. Si mamá tenía guardia nocturna, Pablo se desvelaba en la cocina
con la preparación de los autos. A veces mamá se enojaba porque cortábamos el
mango de las cucharas grandes para agregarle peso a los autos. No importaba. El
próximo jueves era la carrera final. Pablo soñaba con ganar el Gran Premio sin
que El Negro se enterase. Una cuchara menos, no era problema.
Ese jueves me desperté temprano para ir a la escuela y Pablo llegó a casa justo después
del almuerzo para terminar la preparación de los coches. Pablo estaba ansioso.
Yo tenía sueño. Y ganas de terminar rápido la carrera para volver a merendar.
Fuimos caminando hasta la pista, Pablo me habló todo el camino. Empezó la
carrera y cuando me tocó tirar, me distraje.
La verdugueada no tardó en aparecer.
-
¿Vas a tirar o no?- dijo El Negro.
Pablo me tocó el hombro.
-Dale que el
murciélago vino nervioso-dijo.
No sé que fue. Si el qué dijiste logi que gritó El Negro o el manotazo en la nuca que
recibió Pablo. Algo ácido me subió desde la panza y explotó en mi cabeza.
-
Por
qué le pegaste –dije.
-
Porque
es mi hermano –gritó El Negro.
-
También
el mío -contesté.
-
No
sabía que mi papá se había cogido a tu vieja.
Le quité la cuchara al auto. Se la
revoleé. De haber sido cuchillo, le cortaba la garganta. El Negro se agachó
para esquivarla. Al toque se armó la ronda. Me hice bolita. Pablo intentó
defenderme pero el Negro tenía nafta para los dos. Cobramos hasta que el
mecánico golpeó el portón con el amansa locos que usaba para medir el aire de
las gomas.
-
¿No te da vergüenza pegarle a los más chicos?-
gritó el mecánico.
-
Están
re atrevidos- dijo El Negro.
Pablo escupió sangre; se puso a llorar. La
Banda de Batman empezó a reírse; el mecánico los echó.
-
Algún
día vas a volver a casa- amenazó El Negro y se fue con nuestros autos.
Me dolía todo. Un poco también lloré.
Cuando abrí los ojos, vi a mamá que volvía del geriátrico con dos bolsas.
-
Qué
pasó acá -preguntó.
No podíamos abrir la boca.
-
En
qué lío se metieron- insistió mamá mientras apoyaba las bolsas en el piso para
sacar el pañuelo.
-
Primero
a él –dije.
Pablo se sonó los mocos y el mecánico
contó todo, seguro que esperando recompensa de La Viudita, como llamaban las
vecinas a mamá.
-
¿Lo
que dice el señor es cierto?-
-
Si,
ma-.
-
Así
que El Negro y sus amigos son La Banda de Batman. Y él es El Guasón-.
Pablo abrió los ojos.
-
Batman
es el vigilante nocturno –dijo.
-
¿Y
eso ma?
Nos dió una bolsa a cada uno. Caminamos.
-
Que
de noche o de día, no deja de ser un vigilante-.
La miramos sorprendidos.
-
Se
van a esconder para siempre o van a pelear- dijo.
Caminamos en silencio hasta casa.
Entramos, dejamos las bolsas en la mesa y mamá preparó la leche. Con Pablo
abrimos el paquete de anillitos de chocolate. Mientras tomábamos la merienda
mamá nos contó que El Guasón no era superhéroe. Después fue hasta la pieza y
volvió con su maletín de enfermera. Quitó la traba. Nos asomamos a ver qué
cosas traía guardadas. Nos echó con el repasador, como si fuésemos moscas.
El elástico que usaba para cortar la
circulación de la sangre de sus pacientes estaba enredado en el fondo; tardó en
sacarlo; con la tijera lo cortó en dos. Uno para cada uno. Lo mismo con un
retazo de cuero. Después nos tomó una mano a cada uno y pareció que rezaba.
Al terminar la oración, le dijo a Pablo que buscase una
remera en la soga del patio para
cambiarse. A mí me dijo
-
Vení
Juancito, hay algo que tenés que saber-.
El secreto me lo contó en voz baja hasta
que volvió Pablo. Le dimos un beso a mamá y salimos a juntar piedras. Las
pusimos en una bolsa cada uno y conseguimos dos ramas para armar las gomeras.
Fuimos hasta la pista. El taller seguía abierto. El mecánico escuchaba la radio
con la cabeza metida en el motor de un Scania azul. Nos escondimos detrás del
portón de chapa. Todavía hacía calor; miré a Pablo, que estaba en cuclillas.
- Sacate las ojotas por si nos corren -
dije.
Hizo que no con la cabeza.
-
¿A quién le tiramos
primero?- dijo.
-
Elegí vos-.
En sus ojos adiviné las ganas. Reímos
nerviosos hasta que doblaron. Eran tres, El Negro caminaba en el medio.
Tomé una piedra de la bolsa que había
atado al cordón del short. Me costó apuntar porque me temblaban las manos. El
Negro saltó como rana. Pablo tuvo mejor puntería y todo se aceleró. El Negro y
sus amigos entendieron lo que pasaba cuando les picaron las piernas. Nosotros
también: no teníamos marcha atrás.
Mamá me había dicho que detrás de cada
antihéroe, hay un asunto pendiente. Un resentimiento. Que había que sacárselo
de encima para seguir adelante.
-
El que no se quiere a sí
mismo –dijo-, no puede querer a nadie.
Aquella tarde corrimos a La Banda de
Batman hasta su guarida. Nosotros dos solitos. Pedían por favor. No les dimos
ningún basta. En el camino, Pablo perdió las ojotas. Yo, el miedo.
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